
Como cada año, Ramal conmemora el día Internacional de la mujer, (8 de marzo)
en esta ocasión hemos pedido a nuestra colaboradora Ursula Villazón García que comparta con nuestra comunidad sus reflexiones sobre MUJERES-SÍSIFO: LA CONDENA INVISIBLE QUE YA NO QUEREMOS CARGAR
MUJERES-SÍSIFO: LA CONDENA INVISIBLE QUE YA NO QUEREMOS CARGAR
Cuenta la mitología griega que Sísifo, el astuto rey de Éfira, desafió a los dioses en más de una ocasión. Con su ingenio, logró burlar a la muerte no una, sino dos veces. Pero su rebeldía tuvo un precio. Los dioses, furiosos por su osadía, le impusieron un castigo eterno: empujar una enorme roca cuesta arriba por una empinada colina. Cada vez que Sísifo estaba a punto de alcanzar la cima, la piedra rodaba de nuevo hasta el punto de partida, obligándole a empezar una y otra vez. Un esfuerzo sin recompensa, un trabajo infinito e inagotable.
Ahora imaginemos por un momento que Sísifo no es un rey castigado por los dioses, sino una mujer en el siglo XXI. Una mujer que, día tras día, empuja su propia roca: la carga mental del hogar, la crianza, el trabajo, la presión social por ser perfecta en cada rol. Que, aunque llegue a la cima, siempre hay una expectativa más que cumplir, una exigencia más que asumir. Que si trabaja mucho, es una mala madre; si se dedica a sus hijos, está desperdiciando su carrera; si busca tiempo para sí misma, es egoísta; si cuida a los demás, es su deber.
Las mujeres-Sísifo existen. No las verás en los libros de mitología, pero las encuentras en cada rincón de la sociedad: en la madre agotada que se culpa por no estar en todo, en la trabajadora que siente que nunca es suficiente, en la joven que se esfuerza el doble para que la tomen en serio, en la mujer mayor que aún se pregunta en qué momento dejó de ser «visible».
Y no solo eso. También cargamos con el peso de la perfección:
El impacto de esta sobrecarga no es solo físico, sino también mental. La ansiedad, la depresión y el agotamiento crónico son más frecuentes en mujeres. No porque estemos biológicamente predispuestas, sino porque vivimos en un sistema que sigue recargándonos con expectativas difíciles de alcanzar.
No nos falta resiliencia, nos sobran barreras. Este 8 de marzo queremos dejar de decirnos que «somos fuertes» y empecemos a preguntarnos por qué tenemos que serlo tanto.
